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De Quimeras y Ensoñaciones

Chiqui

Era de tres colores, blanco, crema y negro, y cuando se revolcaba sobre su espalda contra el suelo a imitación de una S ondulantemente danzarina, era cuatro colores, blanco, crema, negro y una barriga rosada, blandita y esponjosa, suave y delicada, carnosa y sanguínea. Medía palmo y medio de alto por tres cuartos de ancho y dos y medio de largo sin contar con su cola.
Perrillo mariposa, bien, al menos..., al menos fue eso lo que nos hizo creer el vendedor del Rastro de Madrid.
- ¿Cómo es eso de que un perro va a ser un perro mariposa? .
- O, si, si. Es así porque sus orejas las tiene - Y el vendedor se colocaba sus manos extendidas por detrás de su cabeza, por encima de la nuca - levantadas hacia arriba, tiesas, no caídas. Eso le da una gracia especial y le hace más bonito.

Si hubiese sido por él hubiésemos tenido no uno, ni dos, sino los tres perrillos que tenía acurrucados en su cesto de mimbre alargado.

Gracias Pilar, por estar allí conmigo.
Tú y yo nos habíamos escapado, ¿ recuerdas? , no, claro, ahora ya no puedes recordar, ojalá pudieras, estabas allí y decías, no, no, que se va a enfadar, verás cuando la vea, yo no quiero saber nada, allá te las entiendas con tu padre.
Aunque a pesar de no querer saber nada, estabas conmigo allí en aquella escapada, delante de aquella preciosa bolita de pelos de hocico negro y frío, gracias .
Mil escapadas tendríamos que haber hecho tú y yo juntos.

Pero no quería hablar de su vida, sino de su muerte.
Fueron 16 años.
Si bien es cierto que ya no tenías la gracia de antes, esa energía que te hacía no estarte quieta nunca salvo cuando dormitabas con la lengua fuera, aún te queríamos un montón. Si bien es cierto que esos bultos supuestamente tumorales te hacían repulsiva y fea y ya no se podían ocultar, que colgaban grandes,enormes y globosos, multiplicados, que colgaban de tu en otra hora terso abdomen, y que hipotéticamente nacían junto a tus tetillas ; pequeños, invisibles e ignorados al principio, luego grandes como manzanas.
Aún estabas viva con nosotros.
Y aquello fue creciendo, junto con "el que dirán" de los vecinos al verte y el miedo a un hipotético contagio, pero tú, Chiqui, seguías siendo tú, no del mismo modo, incluso llegué a soñar que ya no estabas, antes de pensar en tu muerte. Ya no jugabas, te escondías debajo de la cama o detrás del sofá, cansina y adormilada, estabas fea y dabas miedo, y dabas pena, y cerrábamos los ojos y no te queríamos ver y no hablábamos.

Y un día se habló del veterinario y de una inyección letal..., pero no nos atrevíamos.

Y él, ya cansado de ti, dijo que lo haría el Sábado.
¡ No, por favor, no ¡
Pero sabíamos que no podías seguir más así. Y llego la noche del sábado y él buscó donde hacerlo, en el pasillo, colocó un palo entre dos puertas y allí dejaste esta vida para siempre.
A través de la puerta cerrada de la habitación varios ojos vertían lágrimas sin poder dormir. Lágrimas que fueron a más y se transformaron en sollozo, cuando a través de la puerta cerrada se oyó como él trajo la fregona y el cubo para limpiar la orina que el esfínter de tu vejiga no había podido contener cuando colgabas balanceándote en el aire al extremo de una cuerda. La congoja se transformó en llanto y la pena en sufrimiento y dolor, dolor no físico, pero sí lacerante e hiriente.
Qué sepas que todos te queríamos. Y aunque Pilar dijese que a ella era a la que menos caso le hacías ,a pesar de darte de comer, te quería tanto como yo.
Fué un día muy muy triste, creíamos que nunca iba a llegar, pues tu sentencia se había alargado todo lo posible, todo lo sostenible socialmente aceptable y tu entierro junto a la fuente fue un hasta siempre, pues cuando miro el llavero, tú estás ahí, tu imagen ha quedado impresa, serigrafiada en la chapa, después que tu fotografía de papel se desprendiera por el paso del tiempo y se perdiera, tu figura reína ahí, levantada, altiva, sentada sobre tus patas traseras y con tus manos en actitud pugilisticamente defensiva, a pesar de ser un dibujo difuminado sin mucha aproximación a la realidad de tu fotografía en papel, cuando cojo ese llavero, te veo y te recuerdo. Por ello te digo, que sabes que tienes un rinconcito reservado en mí, no sólo en esos tristes días, sino también en los alegres, en los largos paseos, los calcetines roídos, las caricias interminables e incesantes, los saltos al sofá, los juegos para hacerte rabiar, las cachetadas para que dejaras de comer cagarrutas de ovejas o te restregaras por cualquier hez fecal que te encontrabas y luego te volvías loca porque no soportabas el olor del jabón y del champú con el que te lavaban y tú te frotabas con el suelo y los bajos del sofá y corrías por toda la casa llevada por los demonios.
Ah, por cierto, fuiste lo más simpático del mundo, que lo sepas.

2 comentarios

Cerro -

El mío se llamaba Nerón (nombre con el que nos lo regalaron). En dos días se puso tan tan malo y lo pasó tan mal, que lo de la inyección debió ser un gustazo para él. Era un perrito bien majo.

Jugador, me ha gustado tu relato. Saludos.

white -

mi perro se llamaba Alan y el momento de decidir su muerte fue trágico, era espera que se muriera entre largos padeceres o acortar su vida, que no podía alargarse mucho más, para que tuviera menos sufrimiento. Apenas podía ya respirar, le picó una serpiente y se dieron cuenta tarde, decidimos que no sufriera pero nosotros aún le lloramos.